Un camello para Baltasar

Hace tiempo, mucho tiempo, cuando todavía era un camello salvaje que vivía en el desierto, sentí que un aguijón entraba en mi pata mientras comía dátiles. Un escorpión me había picado.

El dolor no me permitía caminar y hube de acostarme bajo las palmeras que me habían alimentado. 

Fue allí donde unos pajes me encontraron. Con mucho mimo extrajeron el veneno. Luego me llevaron con ellos, al palacio de Su Majestad el Rey Baltasar.

No hube de esperar mucho a que el soberano hiciese aparición. Nada más verme me acarició tras las orejas. Luego observó mi pata y él mismo me hizo las curas.

Durante semanas permanecí en las cuadras de Palacio, cuadras que daban al patio, lugar en el que todas las tardes, a lo largo del año, el Rey Baltasar se sentaba a confeccionar mapas astronómicos a partir de las observaciones que hacía en el cielo por la noche. Melchor y Gaspar solían acompañarle. Traían papiros bajo el brazo en los que habían hecho anotaciones acerca de las estrellas. Y otras veces hablaban de los augurios que los numerosos profetas de la época vaticinaban. ¿Cuáles eran ciertos? ¿Cuáles se envolvían en falsedad?

Y fue una mañana, cuando todavía no rayaba el alba, que ambos reyes solicitaron una audiencia urgente con Baltasar.

Una estrella cruzaba el cielo, una estrella que guiaría a quienes supiesen seguirla hasta el Mesías.

¿Cuánto duraría aquella estrella en el cielo? Nadie podía decirlo con seguridad, así que decidieron partir cuanto antes, temerosos que desapareciese.

Nada debía dejarse al azar, todo había de ser previsto, desde los posibles avatares que los retrasasen a las necesidades que una ausencia prolongada pudiese causarles.

No era la primera vez que salían de viaje buscando una quimera, quizá por eso lo que más predominaba entre ellos era el escepticismo, el temor de volver a encontrarse con la nada.

Y aquel mismo día decidieron que había llegado la hora en la que yo estaba del todo curado.

—Vete, vuelves a ser libre —me dijo el Rey Baltasar.

Pero me quedé a su lado, porque la auténtica libertad es poder elegir. Y yo quería ser partícipe de lo que allí ocurría.

Froté mi cabeza contra su brazo y él comprendió.

Al día siguiente se me enjaezó y partimos persiguiendo aquella estrella. No puedo decir que fuese un camino agradable ni corto. Mas nuestros esfuerzos, las adversidades que el viaje nos había deparado fueron del todo recompensadas cuando llegamos hasta aquel pesebre en el que un niño lloraba pidiendo el pecho de su madre.

Habíamos seguido un sueño dorado creyendo que quizás nos diésemos con la nada y hallamos a una pequeña divinidad.

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2 comentarios en “Un camello para Baltasar

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